Cada quien puede hacer de su vida un papalote... aquí cuento parte de la mía.
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Martes, 01 de agosto de 2006
Ya quiero que sea mañana para poder estar ahí, contigo, platicando de lo que sea, pero ahí, viéndote.
Me rasuraré estas barbas que me han crecido durante los mismos días en que no has estado. Son ellas las que me recuerdan el tiempo en que he dejado de verte: diez tediosos, largos, y desesperantes días.
El gusto que me dio escucharte ahora que me llamaste fue grande. Mira... mi cara no puede regresar a su estado anterior a esa llamada, la sonrisa no se borra aún. La siento en la fuerza de mis comisuras y en el arco de mis ojos; en el golpeteo de mi corazón que salta como chiquillo esperando que la noche buena acabe para poder correr al pino y recoger sus juguetes nuevos; lo siento en la comezón en las palmas de mis manos, comezón que indica que las ansias hacen estragos en mi sistema nervioso.
Me rasuraré estas barbas pensando que tus ojos se fijarán más en mi piel que en su cubierta.
Me rasuraré estas barbas pensando en que quizá de esa forma tus ojos recorrerán mis poros y tus pensamientos podrían entrever algunas sospechas.
Quizá así te sea más fácil detectar que mis gestos se crispan expresando alegría, quizá así sea posible decirte el enorme gusto que me da saber que estoy frente tuyo disfrutando del paisaje de tu compañía.
Por: Rafael Dominguez | General | Comentarios (1) | Referencias (0)
Jueves, 20 de julio de 2006
Nunca ha sido más veloz ningún otro caballo que el pinto. Es el más veloz, incluso más que el caballo blanco, y ni se diga que el café (o marrón, para aquellos que no comprendan que “café” en México es un color además de una infusión caliente, amarga y sumamente adictiva). Siempre llegarán a su objetivo en ese orden: primero el pinto, seguido del blanco y atrás el café. No importa si se trata de una carrera en el hipódromo, una cacería de liebres o el trote que hace el garañón repartidor de leche en las calles de algún pueblo.
Debo hacerles ver que el caballo negro no existe; como esto se trata de una terna, una tríada, un trío, pues eso es todo el universo de pencos que puede existir: pinto, blanco y café. No hay más. El negro es el color de la noche, de la oscuridad, de la maldad y, por supuesto, de los seres infernales que cabalgan en ellos, así es que no puede haber cabida a un animal con ese pigmento. No existe ni existirá. Queda fuera.
El caballo pinto lo usaron aquellos hombres de hace muchísimos años que eran los verdaderos dueños de todas estas tierras y que usaban plumas en la cabeza. Era de los indios, de los pieles rojas que comían búfalo, vestían búfalo y vivían en casa hechas con búfalo, era de las personas que se untaban lodo y pintura como aficionados de algún equipo de futbol en sus rostros; eran los tipos aquellos que los gringos nos hicieron ver durante mucho tiempo en sus películas como matadores de caras pálidas y que eran exterminados por las “valientes” huestes de casacas azules. Y durante los ataques que hacían sobre ellos, nuestros ancestros montaban a pelo al caballo pinto que era como subir a un rayo, pues desaparecían del perseguidor en una exhalación para perderse en los confines territoriales de Manitú. Por eso el pinto es el número uno, el mustang, el veloz, la centella.
El caballo blanco es hermoso, elegante, fuerte, aunque un poco egocéntrico y narcisista. Se dice que la figura animal (incluida la figura del humano) más hermosa es la del caballo, y entre todas las presentaciones, el caballo blanco es el mejor. Es grande, fuerte y musculoso, aunque esto le resta ligereza y, por ende, velocidad. Así que, sólo por eso, siempre será segundo en las carreras contra el pinto.
El caballo café... es el de siempre. El término medio. El que veo en la calle jalando la carreta del señor de las sandías. El que aparece en los cierres de todos los desfiles cargando en sus lomos a esos hombres de sombrero grandote con figuritas metálicas en sus bordes que destellaban con el sol y señoritas con vestido de falda larga e intensos colores que se sientan de lado sobre el animal, animal que va dejando esa estela verde y olorosa sobre el pavimento de la calle principal de la ciudad. Es el común, el de siempre, el que no falta en ninguna película de vaqueros, ya sea, mexicana, gringa o italiana.
Por eso yo siempre escojo al pinto. Es el mío. Nadie me lo gana. Yo quiero llegar primero, y apuesto por él, por la raza del manchado, por el despliegue del de lunares, por la seguridad del salpicado, por la velocidad del que no escoge un solo color, sino que los tiene todos.
Esa fue mi filosofía de niño cuando corría a montarme en mi “caballo pinto”: la parte delantera de la barda del fondo del patio de mi casa en Orizaba, allá en los años finales de la década de los setenta. Esa fue la única explicación que podía darle a mis hermanos menores que siempre se preguntaban por qué ellos nunca ganaban a las carreras cuando corrían en contra de mí en aquella barda-caballos. Ellos se sentaban en la parte central y última de la barda, ¿cómo me iban a ganar, si yo traía el pinto, y ellos el blanco y el café? Bastaba darse vuelta para que el café me ganara... corrí el riesgo, pero aposté a mis argumentos.
Secreto del ganador.
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Lunes, 10 de julio de 2006
Eran muchos gritos, ruido, desespero. Había ese miedo a lo desconocido que me tenía mudo. Se sentía un ambiente tenso, como cuando estás en el cine y a tu alrededor la gente que atiborra la sala oscura se suelta en una eterna charla sin atender la película, y sus voces perturban e impiden que te concentres en la historia que se proyecta delante de ti. La música de suspenso no existía en ese momento, pero no hacía falta, pues yo no sabía que diantre estaba ocurriendo. Yo no quería, pero algo en mi entorno me empujaba hacia el ruido. Quería resistirme con todas mis fuerzas, pero por alguna extraña razón no opuse ninguna clase de resistencia. No recuerdo exactamente como fue, pero en un momento estaba yo en medio de ese escándalo, y al parecer yo tenía mucho que ver con ese estrés. Ahí fue cuando descubrí el miedo, no entendía nada, mi cerebro era un caos mayor que la gritería que lo originó. Temía a esos seres que no sé como eran, pero que sé exactamente que estaban ahí. Quería desgarrar los espantos con mis gritos de susto. Quería hacer desaparecer las voces con mis temblores. Odiaba y temía. Era yo contra esos monstruos.
Luego te vi.
Te sentí.
Era como si el mismísimo Dios me hubiese tocado.
Absolutamente jamás, nunca, nunca, nunca, mi paz vino con tanta precisión y fuerza. El miedo desapareció. Ya no estaba el ruido. Era ahora la parte opuesta. El frío del ambiente se borró. Las voces ya no importaban, aunque poco a poco las fui aceptando, siempre y cuando tú estuvieras ahí, conmigo.
Nadie me cree. Todos ríen al platicarlo, pero es verdad.
No fue un sueño, aunque es un sueño. Cada quien tiene el suyo. El mío es este. Vivo mi sueño desde el mismísimo momento en que supe que por ti estoy aquí. Vivo una locura desde que tú tuviste a bien decidir que yo era importante para ti.
¡Soy importante para ti...!
Lo repito y no encuentro palabras para decirte que me siento infinitamente feliz saber que es así.
Y es raro, dicen por ahí los expertos, que tenga grabado tal momento...
Pero refuto esa idea: los grandes momentos de la vida son aquellos que perdurarán por siempre en la mente de sus protagonistas, y ese fue EL momento, MI momento. Así que lo recuerdo... no fue un sueño. Fue real. Y si insisten en afirmar que fue sueño, les diré que hasta cierto punto lo acepto, porque fue MI sueño. Mi sueño se grabó en una especie de disco duro que debo tener en lo más recóndito de mi sistema neuronal. Lo recuerdo lo suficiente como para saber que sí sucedió, pero no registré detalles que al parecer deben ser intrascendentes: no recuerdo cosas como los colores, además del blanco o el negro; no recuerdo pliegues ni superficies llanas; no recuerdo poros ni objetos, ni cielos, ni suelos; no recuerdo caras ajenas a la tuya, no recuerdo arriba o abajo, ni delante ni detrás; no recuerdo palabra alguna, ni risas que no sean las tuyas, ni llantos que no sean los míos; no recuerdo si era de día o de noche, si adentro o afuera; no sé a ciencia cierta si fue aquí o fue allá, o en algún otro lado (tú dices que aquí, y te creo); no sabía si debía hablar, cantar o simplemente quedarme callado. No sabía nada de nada, lo único que supe en ese momento, al saber que eras tú, fue quererte como nunca he querido.
Dicen que debo estar loco como para atreverme a comentar esto.
Rían los que quieran reír. Callen los que así crean que deba de ser. Pero nadie, absolutamente nadie me va a quitar la idea que ese momento, el más importante de mi vida, lo llevo grabado fiel a lo que mis sentidos de entonces tenían capacidad de captar.
Recuerdo muy bien el día en que te empecé a querer, pues fue el mismísimo instante en que nací.
Este 23 de julio cumples años, pero no puedo esperar a ese día para decírtelo, así que me adelanto al calendario: Te quiero mucho, Mamita, te quiero desde el mismo momento en que cubriste en tus brazos, en que me diste los primeros besitos, en que me hablaste con esa voz fingida de niñita, desde que me viste y me miraste como me miraste. No tienes una idea de lo orgulloso que estoy de ser tu hijo.
Feliz cumpleaños, Mamá.
Por: Rafael Dominguez | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Sábado, 08 de julio de 2006
Si, en efecto. Tú me remitiste en su momento aquella teoría sobre la horizontalidad de la obesidad en las prendas de vestir y su antitesis en la verticalidad. Lo admito.
Si, en efecto, tú me hiciste ver que la delgadez se acentúa óptica y psicológicamente con el uso del traje de preso.
Así es, afirmativo; tú me comentaste esa verdad científica que anuncia que vestir lo que lanza al mercado Versace o Chemise Lacoste se puede traducir en el rechazo unánime y espontáneo de la sociedad toda si tu cuerpo admite una geometría basada en la perfección universal que la figura de la esfera representa.
Debo admitirlo, así fue en sus inicios.
También hay que reconocer que entonces tú y yo hicimos nuestra una canción que decía que ambos, tú y yo, éramos un obispo... o uno mismo. Aquella rolita del grupazo adolescente del momento ochentero marcaba la pauta para descifrar el enigma de una relación que ahora es historia.
En esa época, tu decir y mi decir no tenían gran diferencia, salvo que al doblar la esquina ante tu mirada yo me esfumaba de tu vida como lo venían haciendo durante mucho tiempo atrás tus profesores: todos desaparecían ante tus ojos al terminar las clases de la jornada y se volvían a materializar al día siguiente, en el salón.
Eran tiempos en que el trato mutuo empezaba a cobrar fuerza, en que empezábamos a reconocer dualidades y ambivalencias en nuestro actuar, juntos o no. Era la simbiosis de una amistad disfrazada de noviazgo. Era cuando empecé a hablar fresadas y tú iniciaste a tomarle cierto gustillo (que después desbordó) a la música grupera. Cuando empecé a amar a los cachorros de cualquier cosa que respire o se mueva y cuando tú te lanzabas a utilizar palabras ininteligibles para el resto de tu comunidad, generalmente norteñas. Era cuando yo bailé aeróbicos y tú intentaste trotar. Cuando, inclusive, me animé a seguir por televisión las tramas y traumas de una taranovela y tú te arriesgaste a asistir a ver un partido de fútbol, en el estadio mismo... era cuando no te ruborizabas por viajar en el incómodo portabultos de una bicicleta de montaña.
En suma: eran aquellos tiempos en los que esa chavita de pasitos a go-gó, que daba saltitos mientras avanzaba sobre aquellos zapatos tenis marca Charlie con burbujas de aire para mejor amortiguación y ese señor-joven-muchacho-viejo-con-calvicie-incipiente, que calzaba zapatos tenis marca Charlie con burbujas de aire para mejor amortiguación, eran una sola cosa amalgamada por las casualidades.
Por lo tanto, decir que tú tienes los derechos y que se te debe pagar aduana por utilizar la versión científica de las rayas de la ropa, no tiene fundamento. Cuando mencionaste eso, conformábamos una unidad, no había distinción. Se podría decir, como consecuencia de todo esto, que quien lanzó tal teoría de las plecas en las prendas de vestir fui yo... y ¿cómo he de pagarme derechos a mi mismo?
Tú, como ente individual y yo, como ente individual, lo fuimos antes de y después de cinco años que jamás olvidaré.
Lapso durante el cual nos formamos para llegar a ser quienes hoy somos:
Los mejores amigos.
(¡Éjele, que no te pago nada!)
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Miércoles, 21 de junio de 2006
Mucho sueño, demasiado cansancio, mis ojos se cierran, no los puedo sostener abiertos más de dos segundos. Calor sofocante. Ruidos extraños. Algo me estorba por los rumbos del riñón izquierdo pero la pereza es tal que prefiero que siga incrustándose en mis carnes que moverme un poco para poder quitar de ahí esa revista aplastada y sudada que hace las veces de máquina de torturas. Maldigo las horas de la mañana que me atacan con su luz para hacerme recordar los principios de responsabilidad que por años me endilgaron mis padres.
Pero no hay lucha. Al parecer papá y mamá hicieron bien su trabajo, pues una odiosa vocecita me presiona a levantarme.
Los ojos aún no quieren, están en desacuerdo con la voz esa que regaña constantemente, así que reniegan y se retuercen como rebeldes sin causa que buscan tercamente juntar sus pilosos bordes para alargar un poco más los placeres que da el desconectarse de la realidad. Un pie se mueve con una autonomía asombrosa luchando por encajar en una chancla de baño que está bajo la cama. El otro pie tropieza con un zapato... y empieza a desesperarse porque el otro artilugio de hule que debe calzar mi pie desnudo no se encuentra por ningún lado. Todo eso sucede sin que yo me de cuenta.
Mi cama no tiene sábana, ni cobija, ni fundas; si acaso un par de almohadas sin forros... ¿para qué tanto trapo cuando las noches de junio en mi recámara rebasan muchas veces el calor de una tortillería al medio día? Esos enseres se convierten durante las horas de descanso en el peor de los enemigos. Mi idea es que deben desaparecer. Unos días más y el abandonado será el colchón.
Son las seis y media de la mañana. El despertador aún no aparece con sus estridencias, pero ya estoy tratando de mantener el equilibrio. Te gané, reloj.
El plan es viajar al otro cuarto. Allá está esperando una arrugada ropa. Me concentro en la idea de que siempre es posible encontrar una playera más o menos plana, sin muchas marcas... detesto planchar.
Plancho una camisa azul de rayas verticales porque las camisas azules de rayas verticales disimulan mejor esta gordura mía que cada día se empeña más en mostrarse al mundo. En algún lugar escuché que las líneas horizontales sirven para lo contrario, y desde ese día no uso ropa con rayitas de lado a lado.
Uno de los más grandes inventos que inundó al mundo en los últimos decenios, y que sin él no sé qué hubiera sido de la humanidad toda, es el pantalón de mezclilla azul. Si no los planchas no pasa nada. Y aún los puedes usar dos, tres, cuatro, cinco días seguidos, todo dependiendo de qué tanto es que se marcó la mugre en el área de los muslos y la valenciana; a veces parece parte del decorado y entonces se convierte en parte intrínseca de mi moda.
Abro la llave de la regadera y espero un poco a que deje salir el agua muy muy muy caliente para que comience a fluir el agua caliente. Algo es algo. Es preciso mencionar que el calentador de agua aún no está instalado...
Tomo esa botellita de plástico con un líquido color ámbar y tomo un buche, y tarda más en caer a la lengua que en empezar a quemar. Las gárgaras con listerine son un mal necesario, y en mi caso, imprescindibles (pregúntenles a mis allegados). Ahora es cuando estoy totalmente despierto, y mi lengua y paladar, muertos.
Siento alguna cosa de consistencia extraña, entre aguada, tibia y pegajosa, bajo la planta de mi pie sin chancla: un trozo de jabón semi derretido que ha estado sobre el piso desde mi baño nocturno. Salgo a saltos con mi pie con chancla al lugar fuera del baño donde guardo los jabones, tomo uno, regreso al baño. Restriego la planta del pie sobre el borde de cerámica que separa el área de la ducha del espacio del retrete, ahí queda la mayor parte del jabón que estuvo un momento emplastado en mi planta, el resto empiezo a diluirlo en el agua que se encharca en las baldosas del piso. Por más que me esfuerzo no logro recordar donde dejé anoche la chancla azul que hace juego con la que traigo en el otro pie.
Salgo del caliente baño reflexionando sobre si aquello que me he sacado con la toalla del cuerpo eran los restos de agua del baño recién tomado o es sudor, pues este duchazo tiene parecido a todo, menos a cosa refrescante...
Acto seguido aplico esos químicos en mi cuerpo, químicos sin los cuales los seres humanos seríamos la especie más repugnante del planeta. Las axilas reciben dosis doble, no vaya a ser.
Me pongo un par de calcetines blancos, de esos por los que he pagado en walmart 26 pesos por cada paquetito con tres pares. La W de Wilson viene en tres presentaciones: negra, gris y roja. Selecciono unos con la W negra y no lo hago por cuestiones de gustos en particular, sucede que son mayoría. Por cada calcetín blanco con W roja tengo cinco con negra, y por cada gris, diez de la clase oscura.
Los zapatos son aquellos que mi hermano me donó, pues jamás soportó mi mal gusto por usar botas de trabajo con pantalón de los llamados “de vestir”. Eso fue hace dos años... aún me vienen bien.
Ataviado con la segunda puesta de mi pantalón de mezclilla, mi camisa azul de rayas verticales que me hacen ver más esbelto, y mis zapatos reivindicadores del honor familiar (amén de mi ropa interior, la cual no menciono, salvo los calcetines, por cuestiones de censura), salgo alegremente a la calle, en búsqueda del sustento diario y del capital necesario para poder adquirir un aparato de aire acondicionado que ayude un poco a minimizar las torturas de mis tormentosas noches de calor.
Por: Rafael Dominguez | General | Comentarios (1) | Referencias (0)